Ese lunes de septiembre que usé por primera vez la filipina entendí el enorme orgullo que representaba estar entre un grupo seleccionado seguramente por su potencial y también por esa cuota tan necesaria de destino. La expectativa ante lo desconocido es muy amplia y más cuando debes empezar absolutamente de cero en un oficio que tiene como mayor referente un sinfín de programas de cocinas alteradas con gente corriendo de lado a lado, recibiendo órdenes de un chef poco amable y superando pruebas con ingredientes exóticos en a penas 45 minutos; tal vez sean justo esos referentes los que te hacen preguntarte ¿sirvo yo para esto?
La realidad probablemente sea un poco distinta, así lo hizo saber el chef Sumito Esteves quien es actualmente mi profesor de cocina y de un par de materias más. Se dice fácil pero, créanme, es un reto aún mucho mayor que esos 45 minutos para crear un plato galáctico.
Cuando se tiene en frente a una cátedra de historias, experiencia y anécdotas por momento te distraes preguntándote durante la clase cómo puedes demostrar a él y a quienes apostaron por ti que realmente quieres honrar a la cocina. Comenzamos con una lectura reflexiva sobre el oficio, sobre lo necesario de la práctica y la humildad para aprender. Un par de términos necesarios en cocina como: Caliente, agua, oído y el principal “sí chef”, una afirmación que si sabes seguir al pie de la letra probablemente te garantice una estadía decente en alguna cocina a la que aspires. Conocimos nuestra escuela, en un breve recorrido para establecer sitios de seguridad en caso de algún siniestro o eventualidad, hablamos de la responsabilidad ante el comensal y de las normas que debemos acatar en ese lugar, como imaginarán ya empezábamos a recibir, quizás sin notarlo, información realmente útil para el oficio pues no es sólo hacer comidas magistrales, es por demás garantizar un lugar benéfico y seguro para poder desde ahí crear sanamente.
Todos estos datos derivarían en una asignación para la casa, un mapa de tomas eléctricas, disposición de agua y gas entre otras. Ese día recuerdo haber empezado a llamar “casa” al nuevo lugar que me recibió en la isla.
La semana fue avanzando un poco diferente a la programación pensada pero sin duda igual de demandante, durante la conversación sobre los productos propios de la isla, el kilómetro cero y la importancia de trabajar de la mano del productor observé con agrado que más que acercarnos a una técnica francesa el primer escalón era amar y entender nuestra realidad inmediata, nuestra realidad de país con todo y lo que sus matices representen. El ají margariteño –el cual ya había probado en anteriores visitas- desde esa tertulia fue mi mejor compañía en días venideros, su sabor, olor y color me hicieron enamorarme de ese sofrito tan criollito que huele a hogar y reuniones entorno a una mesa. Entendí que la idea no es cortar rápido como un comercial vanguardista de cuchillos chinos, si no más bien, la idea o “lo cool” como dijera el chef estaba en entender que la magia de esto estaba en la calma y en la relación que crearas con el alimento, en conocer sus características pero sobre todo su origen.
Concibo que no es muy distinto a la vida misma.
Por esos días y por esas causalidades del destino una charla importante se hizo parte de la semana, mucha gente talentosa nos permitió escuchar sus historias y nosotros como estudiantes desde primera fila pudimos ser testigos de relatos de emprendimiento y lucha que desconocen de cualquier crisis o pirueta política. Luciano Marín, Rebeca Behrens y Olga Muhammad, Ariel Acosta Rubio, Gregorio Garzón y Sumito Estévez respectivamente nos brindaron de un día de posibilidades y proyección a futuro, fue tan especial a nivel personal recibir todas éstas pistas de lo que se debía hacer para dejar de sólo sobrevivir y empezar a realmente existir que fue imposible no salir con antojo de comerse el mundo a pedacitos y con sabor a triunfo. Recuerdo haber llegado anotando muchas ideas y pegándolas en papelitos de colores por toda mi pared, contando a todo el mundo lo que había visto y oído pero sobretodo, y aún más importante, con un sentimiento de reconciliación bárbaro por mi país que sigue siendo un lugar para crecer siempre y cuando se crezca de corazón. Fue una semana muy significativa a nivel personal, a nivel intelectual y sobretodo a nivel espiritual; había una gran cantidad de información llegando de manera directa como un empujón a la voluntad, al deseo y a las ganas.
No quisiera cerrar éstas líneas sin citar una frase increíble que me dejó la charla y también esa primera (de muchas) semanas bajo mi nuevo techo llamado ICTC que creo –sin temor a equivocarme- resume una de las mejores forma de vivir en este mundo y dice “No podemos lograr riqueza sin con nuestro esfuerzo no volvemos próspero al entorno”. Eso sin duda me hizo plantearme tres preguntas fundamentales que deseo responder durante mi viaje personal… ¿Cómo puedo ser parte activa de la comunidad que me recibe?, ¿Cómo puedo mejorar día a día para mantenerme humilde ante el logro? Y sobretodo ¿En cuánto tiempo yo también estaré contando mi propia historia al resto?


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